La estrella que marca el camino - Luis Marin

LA ESTRELLA QUE MARCA EL CAMINO

Proverbios 4, 17

LA MADRUGADA DEL 7 DE SEPTIEMBRE DE 1995, el joven Anselmo Bernedo, lector impenitente de la Biblia y de H.P. Lovecraft, sentíase incendiado de un furor inexplicable y saturado de ginebra, que se alimentaba de una idea que Lovecraft había aplicado al cosmos. En efecto, el escritor americano, cuyas Obras Completas Bernedo había hurtado de la librería Alemana de Ciudad Sur, sostiene que hay un sinfín de criaturas, anteriores a los metros y relojes y aún a la creación misma, que encarnan las pasiones más salvajes, “las pasiones más intensas”, y luchan por volver a enseñorearse de la tierra.

Bernedo, de madre profesora ya fallecida e hijo de un ex funcionario del gobierno militar, tenía 19 años y hace tres que había abandonado la secundaria. Se sentía un autodidacta cuya única ciencia era el coraje y su más indeseado complemento: la crueldad. Su padre le había enseñado, además de las artes del agravio y del cuchillo, que no hay emoción más intensa y misteriosa que el horror, capaz de desarmar al más pintado y hacer temblar al mundo, “como de hecho comprobé cuando puse en cintura a más de algún carajo”, le aseguraba el viejo con dicción alcoholizada, mientras miraba el garrote con que de niño solía golpearlo a él y a su hermano, no sólo por no ser los más bravos, sino también por haber incursionado en algo tan indigno como la delincuencia, “¡como si su padre no fuera un hombre hecho!”. Pero Anselmo era ambicioso y quería demostrarle a su padre, aun sin decirle una palabra, que también era un sujeto respetable.

Su lectura azarosa pero jamás impasible de los 72 libros de La Biblia, le había mostrado un Dios gallardo y vengativo, aunque terriblemente justo, que no dejaba ofensa sin cubrir. El episodio que más le impactaba del libro de los libros era el acaecido en el capítulo séptimo del libro segundo de los Macabeos, que narra el suplicio inflingido por el rey Antíoco a una madre y a sus siete hijos, por negarse a traicionar su religión y comer carne de cerdo: luego de azotarlos con nervios de toro, cortarle a uno la lengua, a todos el cuero cabelludo y las extremidades, y finalmente freírlos en sartenes, Antíoco no pudo doblegarlos. De seguro esas heroicas gentes tenían el cielo ganado, razonaba Bernedo, pero un versículo de aquel episodio lograba contrariarlo, pues en éste una de las siete víctimas, además de prometer a Antíoco la cólera de Dios, decía ser culpable del horror que padecía, “por haber ofendido alguna vez a mi Señor, quien tras la muerte me tendrá junto a Él”... ¿Qué era entonces la Justicia si hasta el más pequeño error podía llevar a aquella muerte? ¿Qué era entonces la Justicia si había tantos abogados, libertinos, mujerzuelas, delincuentes y políticos gozando de la vida? ¿Qué era entonces la Justicia si su burdo padre, que había aplicado corriente, hundido en mierda, roto huesos y hasta colgado a más de algún marxista de los genitales, era devoto de la Virgen del Carmen y creía haber sido justo en su accionar anti-ateísta, por lo cual se creía salvado? La Justicia no existía, razonaba Bernedo, menos aún para los débiles o infortunados, y un solo error invalidaba el universo, que era la obra de un dios incompetente o desalmado. Debido a ello ansiaba destruir los cimientos de aquel orden corrompido, empuñando la espada y pereciendo por la espada, para salir airoso de aquella realidad donde la acción no era la hermana del ensueño… que los dioses ocultados en las sombras, le tenían destinado a los videntes.

2

Angelita Muñoz Segura de 79 años y Olivia del Carmen Huillipán de 81, habían ofrendado sus vidas circulares a la Congregación de las Madres de la Caridad. Desde hace un tiempo colaboraban en el Hogar Betania de Uruguay 950, ubicado a pocas cuadras de la casa de Bernedo. ¿Será necesario decir que la vida de ambas religiosas, consistente en preparar las viandas y lavar los utensilios de los viejos que ahí vivían, era sacrificada y no poco piadosa? Vivían solas, a unos 100 metros del Hogar, recluidas en medio de un pequeño bosque de bellotas, donde había una cabaña oculta de la calle no sólo por los árboles sino también por el espeso muro que rodeaba la propiedad. Pocos sabían de su existencia. En verano o en invierno se levantaban a las 6:00, a pesar del reumatismo, hacían sus plegarias, cocinaban, limpiaban y hacían algo de catecismo, para retirarse a su cabaña a eso de las 17:00, a orar o bordar hasta el anochecer. No veían tele y se dormían temprano. Quizá por lo avanzado de su edad, su reclusión casi absoluta que sólo interrumpían para sufragar no les provocaba mayores ansiedades, sino un sentimiento parecido a la felicidad: apenas un preámbulo de los goces celestiales que el Señor les deparaba.

Habrán sido las 3:00 de la mañana cuando Bernedo, borracho hasta la omnipotencia, sintió que huía de un grito, de una deuda o de una amenaza de muerte. ¿Había surgido ésta del bar Estadio, en las calles del ensueño, o a los pies de un río de animales muertos? Lo cierto es que cuando el alcohol ya lo tenía rendido, sintió una lujuria preñada de ira. Con sorprendente facilidad saltó un grueso muro de cemento.

3

A lo largo de su vasta trayectoria, jamás había visto el comisario de la Brigada de Homicidios un crimen tan singular. El refinamiento y la sevicia con que el antisocial había actuado, los notables ultrajes, que aparte del miembro viril (había muestras de semen) incluían una cruz de bronce, unas tijeras de costura, un arma punzocortante, botellas quebradas y hasta agujas de coser lana, y se extendían no sólo a la vagina y el ano, sino también a la boca y el ombligo de las víctimas, lo colmaron de indignación. Y el experto sabía que aquel sentimiento era un pésimo guía, pues impedía razonar como el hermano malhechor. Pero lo que más angustiaba al comisario, provocándole un helor en la columna, era la aparente ausencia de móvil. Las indagaciones decían que se trataba de un solo hombre, joven y robusto, que no buscada bienes ni dinero (¿qué insensato ingresaría a ese recinto?) y ni siquiera satisfacer bajos instintos (¿quién podría excitarse con dos ancianas con aspecto de cadáver?), sino sólo impresionar: dejar en las mentes una huella indescifrable, y una sensación de asco y de miedo. La grosería de los cortes y mutilaciones (no pudieron hallarse los ojos de las monjas) que bañaron de sangre la cabaña, era propia de una venganza de narcotraficantes, ¿pero quien desearía vengarse de dos monjas que apenas si salían de su encierro? ¿Acaso un líder satanista con sentido teatral? El comisario, que era profundamente ateo y tenía fama de insensible, sintió pese a todo una emoción ignorada: el HORROR, un horror sordo que le martillaba el cráneo y lo sacaba de su centro, haciéndole sentir como un niño en mitad de una tormenta.

En tanto, a sólo metros del sitio del crimen, mientras en la ciudad el Diario del Sur vendía más ediciones que nunca antes en sus casi 80 años de vida, y un obispo de cabeza blanca y anteojos de carey apelaba a la clemencia y ponía a toda Ciudad Sur a orar, un joven de pelo color ala de cuervo dormía como un niño. Hace algunos días, al clarear el alba y socorrido por la lluvia, llegaba a su casa borracho, quemaba su ropa manchada de sangre (“¿acaso la pelea en el río con el Lucho Sata en Santa Rosa?”), y le decía a su padre que no volvería a beber. Éste, riendo con malicia, le pasaba diez alprazolanes y lo instaba a olvidarse por un tiempo de este mundo.

Pasados tres días, los sueños del joven, confundidos en la atroz vigilia de una cabeza martillada, reiteraban sus imágenes y gritos. Se vio siendo un apóstol explorando precipicios sin retorno. Soñó que dos pares de ojos de cordero lo auscultaban desde el fondo de su pieza mientras, caminando en la tormenta y escuchando una voz precisa y a la vez indistinguible, recibía el agrio cáliz de la verdad: “tras haber destruido el error de las estrellas, habrás llevado este orden corrompido a la seguridad de una nueva edad de las tinieblas, porque tú eres la estrella solitaria, la estrella que marca el camino, y a pesar de que te nieguen podrás sobreponerte y ser eterno…”

Mientras tanto, allá afuera, nueve demonios malignos con chalecos antibala ingresaban a su casa por el patio.


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Luis Marín (Lota, 1972) es periodista y reside en Temuco desde 1980. Realizó en Santiago un inconcluso magíster en literatura (Universidad de Chile) y un diplomado en escritura audiovisual (Universidad Católica). El año 2006 publicó “Palacio Larraín”, en la editorial La Calabaza del Diablo. “Ciudad Sur”, publicada en Del Aire Editores a fines de 2011, es su segunda novela de relatos imbricados.


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Comentarios

finalmente Bermedo se dio cuenta qe estaba vivo, pero cuando frente a sus manos estaba la opcion de ser un yo distinto del satanico progenitor, estas goteaban rojo fuego.

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